BREVE VIDA DE SAN BENITO DE SAN FRATELLO

LLAMADO EL MORO

 

LA CIUDAD NATAL

 

San Fratello, donde nació nuestro Benito, es una graciosa ciudadela, en la provincia de Messina, de la cual dista 86 kilómetros, y está ubicada sobre el monte Nébrodi, a 675 metros sobre el nivel del mar.

Se encuentra en una posición bellísima, domina el cautivador mar Tirreno en un amplio radio, entre los torrentes Furiano e Inganno, y está circundado por olivos, viñas y campos de cítricos.

Su historia se remonta a la vetusta Sosipolis (ciudad de la salvación) del 1300 a.c., como es recordada en los estudios de la Trinakie homérica, después a la antigua ciudad siciliana de Apolonia y en fin a la Demena medieval, que dio el nombre a uno de los tres valles en los que estaba dividida Sicilia: Val Demone, Val di Noto y Val di Mazara.

En un documento del 1272 el Castillo de Demena es designado con el nombre de “Castrum S. Philadelphi”.

Este nombre deriva de los santos protectores Alfio, Filadelfio y Cirino, los tres hermanos martirizados según algunos en el 263 d.C., en tiempos del emperador Valeriano, pero cuyos restos mortales fueron robados de la ciudad de Santa Tecla y custodiados en la roca de Demena, sobre San Fratello.

Redescubiertos en el perìodo normando, cuando Ruggero I vino a Sicilia para librar la isla de los sarracenos, fueron llevados a la iglesia madre de San Fratello, donde son venerados.

Los habitantes quisieron llamar a su país San Filadelfio, transformándose después en la pronunciación local, que es afrancesante, en San Fratello. En 1754 un terremoto y en 1922 una avalancha habían destruido el país,  el cual en un primer momento se quería reconstruir en la llanura de Acquedolci, pero en seguida los habitantes lograron reconstruirlo en el mismo lugar donde había sido fundado.

 

LOS PADRES

 

Los padres de nuestro Benito eran esclavos llevados desde Etiopía a Sicilia. Los etíopes en el siglo XV tenían relaciones con los portugueses, los cuales practicaban la trata de negros junto con los españoles. Estos últimos, comprados los esclavos a los portugueses, los venían a vender a Sicilia, dado que Sicilia en el siglo XVI era un virreinato de España.

Entre estos esclavos estuvieron los padres de Benito: Cristóforo y Diana, que tomaron de su patrón el apellido de Manasseri.

Al casarse, Cristóforo y Diana habían decidido no tener hijos, para no generar hijos esclavos como ellos.

Al saber el motivo por el cual no querían hijos, Manasseri les prometió que el primero en nacer sería liberado. El primogénito fue Benito, y fue hecho libre; después nacieron un hermano, de nombre Marco, y dos hermanas: Baldassara y Fradella (femenino de Fratello).

Fradella se casó con Vicente Nastasi, esclavo de un hombre adinerado. De su matrimonio nació Violante, la sobrina predilecta de Benito que después, hecha monja, tomó el nombre de Benita.

 

 

INFANCIA Y JUVENTUD

 

En la escuela de sus padres, católicos, muy piadosos y caritativos, Benito creció adornado de virtudes y desde la infancia hizo presagiar lo que sería de grande.

Los biógrafos describen su niñez privada de los juegos pueriles; se inclinaba mucho a la piedad; su corazón era ardiente de amor hacia Dios y su Madre Santísima.

Alcanzada la edad de la razón comenzó a acercarse a la santa Misa, recibía frecuentemente la santísima Eucaristía, escuchaba las instrucciones del sacerdote del país, aprendió a amar a Dios y hacer el bien al prójimo.

Desde pequeño tenía gran devoción a Jesús crucificado, meditaba a menudo sobre la pasión del Hijo de Dios y se mortificaba con ayunos y cilicios.

Benito estaba fuertemente atraído por la oración y a menudo se lo encontraba arrebatado en contemplación y éxtasis.

Su deseo era consagrarse al servicio del Señor Jesús. Pronto fue oído. Cerca de San Fratello había un santo eremita, Girolamo Lanza, hombre noble y rico que había dejado familia y riquezas para consagrarse al Señor. Vivía en el eremitorio de Santa Doménica.

Un día, encontrando a Benito, lo invitó diciéndole: “Benito, ¿qué cosa haces? Vende los bueyes y ven”.

Benito tenía 20 años. En aquella invitación sintió la voz de Jesús que lo llamaba. Comunicó a sus padres su decisión, vendió los bueyes, distribuyó el dinero a los pobres y fue donde el siervo de Dios Girolamo Lanza.

Los padres se lamentaron, pero no obstaculizaron la vocación del hijo y lo dejaron marchar.

 

EL EREMITA

 

En el eremitorio de Santa Doménica, en el territorio de Caronia, distante cinco kilómetros de San Fratello, fue acogido por el mismo Fr. Girolamo Lanza y, bajo esta disciplina, su alma se afina y crece de virtud en virtud, tanto que después de breve tiempo pudo emitir la profesión religiosa. La vida eremítica, en 1550, había sido permitida por el Papa Julio III. Los religiosos que la abrazaban, además de la regla de San Francisco de Asís debían observar un cuarto voto, esto es, de conducir una vida cuaresmal, ayunando tres veces a la semana y viviendo en soledad y en oración.

Benito en aquel género de vida creció de tal forma en gracia y perfección que superaba a todos los otros del mismo eremitorio.

Observaba el ayuno de modo tan rígido que comía sólo pan y verduras, una vez al día, lo que era necesario para sobrevivir.

Maceraba su cuerpo con crueles flagelaciones y ásperos cilicios; dormía sobre la tierra desnuda por breve tiempo; sus días y todas las noches las pasaba en continua contemplación y oración.

El perfume de sus virtudes no podía esconderse más, y los ciudadanos de Caronia, de Santa Doménica y del mismo San Fratello corrían al eremitorio donde estos santos religiosos transcurrían la vida en penitencia; pero iban sobretodo a Benito que se distinguía entre ellos.

A él recurrían los fieles para encomendarse a sus oraciones, que no sólo eran escuchadas, sino que a menudo estaban acompañadas de verdaderos milagros.

Los pobres eremitas no tenían más paz, no podían cumplir sus disciplinas en tranquilidad.

El siervo de Dios Girolamo Lanza decidió abandonar aquel eremitorio por otro lugar más lejano y tranquilo.

Primero se ubicaron en la Platanella, pero también aquí la gente iba numerosa a encontrar a Benito.

Fueron más lejos, a la Mancusa, entre Partinico y Carini, y poco tiempo después buscaron esconderse en el monte Pellegrino, cerca de Palermo. Por un año y ocho meses Benito fue a Marineo, al Santuario de la Madonna de la Dayna, pero después regresó al monte Pellegrino, llamado así por los peregrinos que allí habitaban.

A la muerte del pío eremita Girolamo Lanza, todos los eremitas decidieron que sólo Benito era digno de ser elegido superior. A pesar de que Benito trató de evitar tal encargo, aduciendo que era analfabeto y pecador,  todavía sus hermanos con insistencia lo obligaron a aceptar.

Después de 17 años de vida eremítica, durante los cuales se había distinguido por piedad, rigor, disciplina y santidad, una carta del Cardenal Rodolfo del Carpio, Protector de la Orden de los Frailes Menores, ordenaba que todos los eremitas debían retirarse a una Orden Franciscana: o a los Frailes Menores o a los Frailes Capuchinos. Por lo tanto, estaban dispensados del cuarto voto cuaresmal y podían ser acogidos  en la Orden elegida como verdaderos religiosos.

Todos los eremitas obedecieron y Benito tenía el propósito de entrar en la Orden de los Frailes Menores Capuchinos.

Pero, reflexionando, quiso recogerse en oración para preguntar a la Virgen Santa cuál decisión debía tomar.

Se acercó a la Catedral de Palermo y delante del altar de la Madonna oró largamente. La Virgen Santa, con una triple señal, le manifestó que la voluntad de su Hijo Divino era que entrara en la Orden de los Frailes Menores Reformados.

 

HERMANO MENOR

 

El primer capítulo de la Regla de los Frailes Menores es este: “Vivir según el Evangelio en obediencia, sin nada propio y en castidad”.

Así ha escrito, de su mano, San Francisco de Asís.

Benito, conocida la voluntad de Dios, llega al convento de Santa María de Jesús de Palermo y pide con humildad ser admitido a la Orden de los Hermanos Menores.

El P. Guardián lo acoge benévolamente y lo admite entre el número de los hermanos laicos, esto es, entre los religiosos no sacerdotes.

Por un trienio es mandado al convento de Santa Ana en Giuliana, pero después retorna a Palermo al convento de Santa María de Jesús, donde permanece todo el tiempo de su vida.

Benito, pasado del eremitorio al convento, no ha cambiado nada de su fervor y amor hacia Dios y los hermanos.

Aunque dispensado del cuarto voto, es decir, de hacer todo el año el ayuno cuaresmal, él por su particular devoción continuaba en la austeridad y el rigor, como había vivido durante la vida eremítica. El alimento frugal a menudo consistía en pan y agua.

Para penitencia y mortificación llevaba cotidianamente el cilicio, se disciplinaba, algunas veces hasta la sangre, con las cuerdecillas en la extremidad de las cuales habían agudos flagelos, dormía frecuentemente sobre la tierra desnuda, trabajaba dedicándose a las labores más humildes y pesadas.

Aquello que, para un tenor tal de vida austera, daba fuerza a nuestro Benito, era el fuego de un ardiente amor hacia Dios. En la férvida oración encontraba tanto gozo y consolación que lo hacía olvidar todo sacrificio y renuncia.

En la contemplación de los sagrados misterios, a menudo era arrebatado en éxtasis, permanecía por horas enteras así elevado de la tierra que no sentía aquello que sucedía en torno a él.

Se acercaba a menudo a la Eucaristía con tal y tanto recogimiento, que su rostro irradiaba de un esplendor singular que despertaba maravilla y gozo en los presentes.

La soledad, el silencio y el recogimiento eran los momentos más dulces de su existencia.

Para él, Fraile Menor, siempre obediente, la voz de los superiores era la voz de Dios; el sonido de la campana era la señal que lo despertaba para cumplir su deber; las órdenes recibidas eran puntual y escrupulosamente seguidas. Se narra que un día, mientras se encontraba en la Iglesia, arrebatado en éxtasis delante de la Virgen Santa, le fue dado por María el Niño Jesús. Benito se encuentra en plena delicia y conversación con Jesús Niño, cuando oye el sonido de la campana que lo llama. Se despierta del éxtasis, invita a la Virgen a tomar el Niño. No habiendo sido oído de inmediato, lanza el Niño entre los brazos de la Madre y corre donde la obediencia lo llama.

Retornado a los pies de la Madonna, se da cuenta que el Niño después del lanzamiento no ha retomado su posición natural y ha permanecido distinto, casi como si estuviese a punto de caer. ¡Admirable testimonio de la obediencia de Benito!.

Todavía ahora se ve el Niño Jesús entre los brazos de la Madonna en esta incómoda posición.

La pobreza del siervo de Dios era la más severa, en los viajes no llevaba jamás  alforja y lo que recibía en caridad de los bienhechores lo distribuía entre los pobres.

Su celda carecía de adornos: un saco de paja como lecho, que utilizaba cuando no dormía sobre la tierra desnuda, una cruz dibujada en la pared con carbón, una imagen de papel que representa a la Virgen Santa y otras imágenes sin adorno que representan a los santos de su devoción. Estos son todos sus arreglos.

Su vestido era el pobre sayal “rudo y remendado”, de lana tosca.

De tal manera cuidaba su pureza y modestia que era llamado por todos: “ángel en carne”. No daba jamás a besar la mano, la retraía dando en su lugar a besar la manga de la túnica.

No miraba jamás a la cara a las mujeres, frecuentemente solía decir: “Para custodiar el lirio de la pureza, es necesario huir de todas las ocasiones que la pueden ofuscar”.

Así aconsejaba a sus hermanos: “De este tipo de tentaciones se debe huir y no luchar con ellas, porque fácilmente se resulta derrotados”. Benito es el verdadero Fraile Menor, observante de la Regla, amante de la oración, custodio escrupuloso de los santos votos de pobreza, obediencia y castidad. Era tan amado por todos sus hermanos que en 1583 lo quisieron elegir como su superior, a pesar de que Benito con toda humildad les rogara desistir, porque era iletrado, hermano no sacerdote y sobretodo gran pecador.

Los hermanos no juzgaron válidas sus razones; y entonces sólo por obediencia aceptó ser el superior.

Durante su oficio de superior supo guiar tan bien a sus hermanos, con tal dulzura y amor, que muchos pidieron ir a vivir con él en el convento de Santa María de Jesús, por lo cual se vio obligado a ampliarlo, construyendo un segundo piso y una nueva ala en el convento.

También los hermanos obstinados aceptaban seguir sus consejos porque, más que por las palabras, estaban convencidos por su ejemplo.

 

EL CONSOLADOR

 

Las palabras del Divino Maestro: “ Todos los que estáis cansados y oprimidos venid a mi y yo os consolaré” (MT 11,28), son las palabras puestas en práctica por nuestro Benito.

Su fama de santidad, primero como eremita y después como Fraile Menor, sus virtudes preclaras, su ejemplo luminoso se difundieron rápidamente y el pueblo de Dios acudía a él.

Benito, ánima simple y humilde, recibía a todos, más bien quería ser llamado en cualquier hora de la jornada que fuese reclamado por alguno, y esto aunque estuviese fatigado y cansado.

En efecto un día llego una pobre viejecita al convento de Santa María de Jesús y preguntó por Fr. Benito. El hermano portero, sabiendo que el siervo de Dios había ido a reposar, rogaba a la viejecita retornar en otra oportunidad. En aquel preciso momento llegó Fr. Benito que, después de haber reprendido dulcemente al hermano portero, consoló a la pobre viejecita, la cual se marchó toda contenta por haberle hablado.

Pobres o ricos, nobles o plebeyos, doctos o ignorantes, a todos recibía Benito y para todos tenía palabras de consolación.

Más que las palabras, son los hechos los que dan testimonio. He aquí algunos: Juana de Giovanni, cidadana palermitana, angustiada por no haber tenido en mucho tiempo noticias del hijo, que se encontraba lejos de Sicilia, fue a buscar a Benito para recomendarlo a sus oraciones y para ser consolada.

El siervo de Dios estaba en la portería cuando vio venir a la señora toda angustiada, leyó dentro de su corazón y le dijo: “Usted viene para tener noticias de su hijo; vaya con la paz del Señor porque tendrá pronto buenas noticias y cuanto antes lo verá”.

Eso ocurrió el sábado. El lunes siguiente la señora no sólo tuvo noticias del hijo, sino que al día siguiente lo vio aparecer sano y salvo.

Donna Piedra Alesi, en el proceso para la beatificación de Benito, declaró con juramento cuanto sigue: “Yo tuve otro marido antes de este, que se llamaba César Russo, el cual estuvo en mi compañía por algunos años; pero yo estaba inquieta y turbada, debido a que él vivía lascivamente y andaba detrás de otras mujeres; por lo cual sentía mucha pena y fastidio; y no sabiendo qué cosa hacer contaba a todos mi tribulación para ver si podía en cualquier modo encontrar remedio; así que una vez me propuse ir a una hechicera, para hacer una brujería por mi marido, no sabiendo qué cosa hacer y por la ansiedad que tenía de verme tranquila. Fui a encontrar a la hechicera, y ella me dio cierto polvo en un cartucho con la orden de que se lo diese a beber o al menos se lo esparciera encima. Cogí el polvo con la intención de hacer cuanto me había dicho la hechicera, pero de inmediato me arrepentí, y tornando en mí misma, no quise hacerlo. Un día movida por la fama que entonces corría, que en el convento de Santa María de Jesús un fraile santo llamado Fr. Benito de San Fratello hacía muchos milagros, me resolví a ir donde él, a fin de que me consolase en estos afanes, y me diese un remedio espiritual para la tranquilidad de mi alma. Así que habiendo ido, y habiéndole expuesto el estado de mi marido, me dice estas o parecidas palabras: “Fuera, fuera, llévate aquel diablo que llevas encima y después regresa acá”.

Y no habiendo yo comprendido qué cosa quisiera decir, antes bien decía que no le comprendía, me replicó con mayor fuerza aquellas mismas palabras y se marchó.

Yo preguntaba a mi madre, que estaba presente, qué cosa quería decir Fr. Benito. Ella, sabiendo que yo había ido a la hechicera y que había recibido aquel polvo, me preguntó si lo llevaba encima. En efecto, así era, y entonces lo boté de inmediato y mandé a llamar a Fr. Benito. El siervo de Dios vino sonriendo y alegre y, antes que le hablase, me dijo: “Ahora que tú has botado fuera el diablo que llevabas encima, ve a casa alegremente, ahí encontrarás a tu marido que te está esperando y vivirás por el futuro con él serenamente”.

Consolada por este anuncio, regresé a casa y encontré en efecto a mi marido que me esperaba. Y desde aquel día hizo conmigo una vida marital, cambiado totalmente en las costumbres y en los vicios pasados, que parecía que fuera otro. Así duró hasta que nuestro Señor lo llamó consigo.

Benito, como se nota, no sólo consolaba los corazones afligidos, si no que escrutaba su interior poniendo de manifiesto sus afanes.

 

 

EL CONSEJERO

 

Escribe San Pablo en la carta a los Corintos en el capítulo primero, versículo 27: “Dios ha escogido lo necio del mundo para confundir a los sabios. Dios ha escogido lo débil del mundo para confundir a los fuertes”.

Benito se definía “idiota” esto es analfabeto, sin embargo Dios quiso manifestar en él la sabiduría, la astucia, la prudencia.

A Benito acudían hombres doctos y teólogos de gran fama para recibir explicaciones y consejos.

A él iban virreyes, magistrados y administradores de la ciudad para tener instrucciones y sugerencias acerca de cómo guiar a los súbditos y administrar la justicia.

A nuestro siervo de Dios se acercaban hombres y mujeres, ricos o de humilde condición, para ser guiados en afrontar los problemas de la vida cotidiana.

Sus mismos hermanos sacerdotes y laicos recurrían a él y de él recibían enseñanzas para ser iluminados en el vivir según la Regla y en la prudencia.

Aquí reporto testimonios declarados en los varios procesos para su canonización.

He aquí cómo se expresa el P. Miguel de Agrigento: “Yo sé que Benito no sabía leer ni escribir y que era un hombre idiota; pero con todo esto hacía muchos sermones y razonamientos a los hermanos y particularmente a los novicios, explicándoles muchos pasajes y dificultades de la Sagrada Escritura, con mucha claridad y edificación espiritual”.

Otro hermano sacerdote rindió así su testimonio en el segundo proceso palermitano: “Yo sé que Fr. Benito era idiota y no sabía ni leer ni escribir, pero con todo esto, muchas veces explicaba a los novicios las lecciones de la Sagrada Escritura que se habían leído en Maitines y en estas lecciones se entretenía en largos discursos, que parecían inspirados por el Espíritu Santo”.

Hombres doctos, de gran estima y de grandes méritos, testimoniaron reconocer en Benito el particular carisma de interpretar las Sagradas Escrituras y escrutar los corazones.

El padre Maestro de la Orden Dominica, Vicente Magis, insigne por la doctrina y teólogo, y propuesto como Arzobispo de Palermo, declaró en el proceso, bajo juramento, cuanto sigue: “Un día, afligido por no haber podido explicar cierto pasaje de la Sagrada Escritura, fui al convento de Santa María de Jesús para conversar con Fr. Benito. Y mientras estaba preguntando por el siervo de Dios, he aquí que aparece Benito que, en vez de saludarme, casi leyendo mi pensamiento, dice: “Padre mío, no os turbéis si no habéis comprendido aquel pasaje de la Sagrada Escritura, por que yo os lo explicaré”.

El padre Maestro, habiéndose sentado, lo oyó explicar aquel pasaje con tanta claridad y profundidad de doctrina que no habría podido esperarse de un inteligente doctor de Sagrada Escritura.

No sólo a los doctos y a sus hermanos, pero también a los humildes daba consejos sabios y prudentes.

Así sucedió al palermitano Octavio Panitteri que fue a Benito para saber cómo se debía comportar al resolver cierta causa. Apenas llegado al convento, sin haber proferido todavía ninguna palabra, sintió al siervo de Dios decirle: “Proseguid de buen ánimo la causa que tenéis, porque en pocos días la habréis vencido”. Como sucedió en efecto.

La palermitana Agata Bianchi tenía una gran angustia de espíritu por una violenta tentación, y no tenía el coraje de dirigirse a alguno para encontrar consejo y remedio oportuno.

Llegada donde Benito para consultarlo, antes de que lo saludase le oyó exclamar: “¡Tentación, tentación, qué maravilla!”. La Madre de Dios fue la única que no la tuvo, pero después todos tenemos tentaciones”.

Agata entendió que Benito le había leído el pensamiento. En aquel momento sintió un alivio a su pena y poco después la tentación desapareció del todo.

La baronesa Isabel Barresi de la Piedra, teniendo una gran angustia porque su hijo quería casarse con una señora que no agradaba a la familia, llegó a Benito en busca de consejo. Este la exhortó a estar tranquila por que el Señor la habría escuchado. Poco tiempo después la baronesa, viendo regresar al hijo enfermo, interpretó aquella enfermedad como castigo de Dios. El hijo cuando sanó, no pensó más en ese matrimonio.

Todos estos episodios son auténticos, porque los testigos los han contado bajo juramento en los varios procesos instruidos por la autoridad eclesiástica. Son episodios que manifiestan claramente como nuestro Benito había sido enriquecido por el Señor con particulares carismas.

 

EL TAUMATURGO

 

Jesús dijo un día a sus discípulos: “En verdad, en verdad os digo: quien cree en mí hará las obras que yo hago y todavía mayores”. (Jn. 14, 12).

Benito es discípulo de Jesús; sólo en El cree; sólo por Jesús sufre, se mortifica y dona toda su vida. Por eso Jesús hace partícipe de sus dones a su siervo bueno y fiel oyendo sus plegarias.

Benito, por gracia de Jesús, hace tantos y tales milagros, sea durante su vida mortal y todavía más después de su muerte, que puede ser definido sin duda, como San Antonio de Padua, un taumaturgo. Benito sana a los enfermos, después de haber orado con férvida fe, con sólo el signo de la cruz o con el contacto de su mano, o ungiendo al enfermo con el aceite de la lámpara que arde ante el altar de la Virgen Santa. Después de su muerte, los enfermos sanan tocando una reliquia suya e invocando su intercesión.

Ha dado la vista a los ciegos, ha enderezado a los cojos, ha sanado apestados, ha dado nueva vida a los muertos. Si bien han sido centenares, quizá millares los milagros obrados por Benito, aquí por razones de brevedad sólo citamos algunos dada la imposibilidad de enumerarlos todos.

Un día la señora Leonor, mujer de Angelo Gerro, junto con otras amigas suyas, se acercó al convento de Santa María de Jesús para encontrar a Benito. Después de haber transcurrido la jornada en oración y en santa conversación con el siervo de Dios, al retornar por la noche a casa, en un cierto punto los caballos se encabritaron y se pusieron a correr haciendo volcar la carroza. La señora Leonor vio terminar bajo la misma al pequeño Andrés que tenía en brazos. Repuesta del susto, fue a recoger a su hijo de cinco meses que no daba más señales de vida. Vanos fueron los intentos para reanimarlo. A los gritos de dolor acude, con los frailes del convento, Benito al cual dice la adolorida madre: “Padre mío, mi hijo está muerto, ¿cómo puedo regresar a casa de mi marido que no sabe siquiera que he venido aquí?”

No dudes, responde de inmediato Benito, y tomando el niño entre los brazos, le pone la mano sobre la frente, recita algunas oraciones y después lo devuelve a la madre diciéndole: “Dale de comer”. La madre responde: “Pero, padre, los muertos no comen”. Benito replica: “No seas incrédula; dale de mamar a tu hijo”. Leonor obedece y el niño abre los ojos y comienza a succionar la leche.

Otra vez, la rueda de un carro había pasado sobre el estómago de una cierta Lucrecia Di Carlo, que estaba encinta. Todos pensaron que la prole había muerto en el vientre de la madre. La mujer fue conducida a Benito el cual la signó con la señal de la cruz, recitando algunas oraciones. Eso bastó para que Lucrecia sanara de todo mal y a su tiempo diera a luz a una niña sana y salva.

El Virrey de Sicilia Marco Antonio Colonna, cuya mujer había enfermado gravemente, mandó llamar a Benito que en compañía del P. Ignacio de Siracusa llegó al palacio.

Acogido con gran devoción, el mismo virrey le suplicó por la salud de su esposa. Benito lo exhortó a estar de buen ánimo, puesto que sin duda alguna la virreina se sanaría. Se aprestaba a regresar al convento, cuando la mujer se levantó sanada del todo de aquella grave enfermedad.

Una mujer hidrópica, con el vientre extraordinariamente hinchado, lloraba inconsolable ante el altar de la Virgen. Viendo a Benito en oración ante el altar mayor, se le acercó implorando la ayuda de sus poderosas oraciones. Benito le hizo la señal de la cruz y aquella sanó al instante.

Un día Fr. Benito, encontrándose a la puerta del convento con Fr. Gregorio de Licata, vio aproximarse a un pobre ciego apoyado en un bastón, que por medio de una cuerda se hacía guiar por un perro. El ciego, aproximándose a Benito le imploró que le hiciese la gracia. Benito, haciendo uso de la acostumbrada oración y el signo de la cruz, le devolvió la vista. El ciego no supo contenerse y gritó con júbilo: ¡Milagro!, ¡Milagro! Acudieron los frailes y vieron con sus propios ojos lo que había sucedido, pero Benito escapó y fue a esconderse en el oratorio de la montaña. Preguntado el por qué de su fuga, respondió que el ciego había sido curado por la Virgen y por eso no quería que se le diera gloria a él, si no a la Señora.

¡Así saben obrar los santos!

Como se ha dicho, otros milagros han sido obrados también después de su muerte.

Centenares fueron presentados en los procesos, con testigos oculares y con los prescritos referidos por los médicos.

La Sagrada Congregación de los Ritos escogió dos, también porque sólo dos eran necesarios para comprobar la santidad de Benito.

Estos fueron los milagros escogidos:

Salvador Centini Capizzi de San Fratello, no queriendo sufrir más el daño natural que le hacían algunos cerdos que estaban en el huerto cerca de su casa, cogió la escopeta y, más para ponerlos en fuga que para matar a alguno, hizo un disparo. Después de haber disparado sintió llanto y gritos de dolor. Involuntariamente el pobre Salvador había herido en la garganta a su hijo Francisco, de nueve años, traspasándosela de lado a lado.

Indescriptible el dolor del pobre padre y de toda la familia, especialmente cuando llamados los médicos del lugar y de las comarcas vecinas, concluyeron que la herida era mortal y por tanto absolutamente incurable por el gran desgarro que había ocasionado la bala en el esófago y en la tráquea.

Adolorido el pobre Centini, después de haber sabido que todos los remedios humanos eran inútiles, llamó al P. Plácido de Naro, Guardián del convento de San Fratello, el cual con la reliquia del siervo de Dios Benito bendijo al niño tocándole la misma herida. ¡Oh gran milagro! Con aquel toque la herida cicatrizó perfectamente y Francisco empezó a hablar. Sólo quedó una cicatriz, casi como testimonio de aquella milagrosa recuperación extraordinaria.

El segundo milagro presentado para la canonización es el siguiente: Felipe Scaglione de San Fratello había nacido inválido, con las dos piernas paralizadas, tanto que no podía caminar. Cuando debía ir de un sitio a otro lo hacía arrastrándose a gatas, pero no siempre lo lograba.

Se encontraba en la cama cuando bajo la ventana de su casa pasaba la procesión que conducía la sagrada reliquia del siervo de Dios, Benito, hecho don de la iglesia del convento de San Fratello.

Felipe, que había oído narrar los muchos milagros obtenidos por la intercesión del siervo de Dios, se sintió fuertemente estimulado a implorar la gracia para recuperar las salud.

Se hizo llevar por su hermana a la ventana y mirando la reliquia que pasaba, con sentimiento de viva fe, pidió la gracia con todo el corazón. Mientras rezaba así, vio a su lado a un fraile de rostro moreno y suspendido en el aire, que le comunicaba la completa recuperación. Felipe reconoció en aquel fraile al siervo de Dios Benito, creyó en sus palabras, hizo la prueba de caminar, apoyó libremente los pies, se sintió afirmado en las piernas, comenzó a caminar primero lentamente y después más rápido. Se puso a gritar por la alegría, haciendo notar a todos el milagro que había hecho Dios por intercesión de su siervo.

Pero creo que cada uno de nosotros se pregunta: ¿hoy Benito no hace más milagros?

Más que preguntarse si hace ahora milagros, ¿por qué no rezamos con viva fe, con ardiente amor y con renovada esperanza?

Recemos, invoquemos, supliquemos a Benito, con fe, con el alma en gracia de Dios, como él quería, y los milagros por intercesión del Santo Moreno se realizarán.

 

HERMANA MUERTE

 

Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal,

De la cual ningún hombre vivo puede escapar,

Ay de aquellos que mueran en pecado mortal.

Bienaventurados aquellos a quienes encontrará en tu santísima voluntad,

Pues la muerte segunda no les hará mal.

 

Así San Francisco, tendido sobre la tierra desnuda, componiendo la última estrofa del “Cántico de las Criaturas”, invitaba a sus hermanos a cantar, mientras él se preparaba gozosamente a entregar su bella alma al Señor. Benito, digno hijo de tan seráfico Padre, también se preparaba para recibir la justa recompensa del buen servidor, y a encontrarse con Dios, la Virgen y los santos que por toda la vida había amado, orado, invocado y contemplado en éxtasis, y ahora los habría encontrado y visto cara a cara.

Benito se enfermó en el mes de febrero de 1589. Los frailes, vista la gravedad del mal, llamaron a su íntimo amigo, el señor Giandomenico Rubiano, senador de la ciudad, el cual acudió de inmediato. Benito viéndolo preocupado le dijo: “Por esta vez, le place al Señor que yo escape de esta enfermedad, pero a la otra partiré de esta vida, y será pronto por que ya he cumplido mi tiempo”.

En efecto, aquella vez sanó, pero no pasó un mes y, habiendo retomado virulencia el mal, la salud de Benito se deterioraba de día en día.

Todos los frailes le servían, pero él no quería que se preocupasen, sabiendo por particular revelación que estaba próxima la hora de unirse con su amado Señor.

El padre Superior visitándolo una vez le dijo: “¡Oh Señor, gran trabajo tendremos el día de vuestra muerte por el concurso de la gente que vendrá”!

Benito respondió dulcemente: “No dudéis, Padre, porque el día que moriré no habrá multitud de pueblo, no habrá ninguno, pero sí después; y si no es enterrado pronto mi cuerpo vendrá gran multitud y se verán grandes contrastes, por lo que os suplico hacerlo enterrar de inmediato”.

Profecía que se cumplió puntualmente.

Durante los últimos días de enfermedad, a pesar de ser atormentado por fortísimos dolores, por extenuación y languidez, todavía no quería nada para aliviarlos y sufría todo ofreciéndolo a su bien: Jesús.

No habría querido tomar ni medicinas ni alimentos especiales, pero como siervo obediente tomaba todo aquello que el Superior y el médico ordenaban.

Un día, después que un fraile le había llevado dos yemas de huevo prescritas por el médico, dijo: “Estas yemas de huevo no sirven más; sólo las tomo para hacer la obediencia”.

Agravándose el mal rogó al Superior llevarle el santo Viático. Antes de recibir el Santísimo Sacramento, se alzó un poco y puesto el cordón al cuello, en señal de humillación, con voz clara, interrumpida sólo por los sollozos, pidió perdón a todos por sus pecados y lo hizo con tal humildad que parecía el más grande pecador. Sus hermanos que rodeaban su lecho se conmovieron de tal manera que se echaron a llorar.

A Fr. Guillermo de Piazza, que creía que estaba próximo a expirar y se había puesto a encender la velas, le dice: “Hermano, todavía no ha llegado la hora; cuando llegue te lo diré”.

Acercándose el día de su muerte, a Fr. Paolo y a Fr. Guillermo que estaban cerca de él les dice: “Poned en orden algunas sillas para estas santas señoras que vienen a visitarme”. Los frailes, no viendo a ninguna, le preguntaron: “¿Dónde están?”. El respondió: “¿No veis a Santa Ursula y sus vírgenes?”. Benito nutría particular devoción hacia esta santa, que en la hora de su partida había venido a visitarlo. Pasado todavía algún día y acercándose la hora de la muerte, volviéndose a Fr. Guillermo le dice: “Hermano, ha llegado la hora, enciende las velas”. En seguida se pone las manos al pecho en forma de cruz, con los sentimientos más tiernos invoca los dulces nombres de Jesús, María y Francisco, alza los ojos al cielo, con el rostro más luminoso que de ordinario, pronunciando estas palabras: “En tus manos encomiendo mi espíritu”, el alma bendita abandonando los despojos mortales, alza el vuelo hacia la morada celestial de los bienaventurados.

Eran las 19 horas del 4 de abril de 1589, martes después de la fiesta de Pascua de Resurrección.

Fr. Benito tenía 65 años, de los cuales había pasado 21 con sus padres, 17 de eremita y 27 como hermano menor.

Aquella alma bendita separada del cuerpo, antes de entrar en la gloria, quiso dar una consolación a su querida sobrina, sor Benita Nastasi, que se encontraba en la casa del amigo Giandomenico Rubiano. Mientras ella estaba en su habitación, de improviso vio sobrevolar una cándida paloma y oyó estas palabras: “¿no preguntas nada, Benita?”. La muchacha reconoció la voz y dice: “¿dónde vas, tío?” Tuvo esta respuesta: “al cielo”.

Benito se ha ido al cielo y como San Pablo puede exclamar: “He combatido la buena batalla, he terminado la carrera, he conservado la fe. Ahora sólo me queda la corona de justicia que el Señor, justo juez, me entregará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que esperan con amor su venida” (2Tim. 4, 7-8).

 

LA GLORIA

 

La verdadera gloria es el esplendor del hombre en la magnificencia del cielo a honor de Dios. El resplandecer de la gloria es la plena revelación de la vida vivida en gracia. La gracia y la gloria pertenecen a la misma especie, porque la gracia es en nosotros principio de gloria.

Benito ha transcurrido toda su vida terrena en íntima unión con la gracia divina; su ideal ha sido vivir en gracia de su bien: Dios; su meta ha sido el alcanzar al dador de toda gracia: Dios; su último fin ha sido el conseguir la posesión de la gloria, para vivir in eterno de la vida de Dios, que es gloria perenne, inmortal, infinita. A Benito se le abren las puertas eternas del reino celestial: allí se ama a Dios sin cansarse, se alaba a Dios sin aburrirse, se posee a Dios sin más temor de perderlo. Benito ha entrado en la gloria inmortal.

También los hombres sobre la tierra elevan a Benito un canto de reconocimiento, entretejen una guirnalda de gloria, elevan himnos de amor: iglesias, altares, estatuas, y esto para rogarle, para invocarlo, para amarlo. El día de la muerte, como había predicho, poca gente estuvo presente en su tránsito y sepultura. Pero, difundida la noticia de su partida, una multitud de devotos acudieron a su tumba: palermitanos, mesineses, gente de Agrigento, Siracusa y otros de cada lugar de la isla.

Virreyes, Cardenales, Arzobispos, magistrados, dignatarios y fieles de España, que encontraban en Palermo, acudieron a su tumba para rezarle, suplicarle y celebrar sus alabanzas.

Todo esto duró por muchos meses.

Benito como en vida, así después de la muerte, donaba generosamente abundantes gracias, prodigios, milagros que obtenía de la bondad de Dios y de la Virgen Santa.

Fue este tumulto de pueblo y autoridades, comprendido el Rey de España, que dio inicio a la demanda de ver a Benito circundado por la aureola de los santos. Su íntimo amigo Giandomenico Rubiano se puso de inmediato a la obra para que fuera iniciado el proceso canónico de la beatificación. No ahorró medios, no dejó en paz autoridades eclesiásticas, sea diocesanas que romanas, escribió a Felipe III, Rey de España, para interesarlo, primero para hacer trasladar el cuerpo de Benito de la fosa común a la iglesia, después para hacer iniciar el proceso de beatificación.

Se iniciaron los procesos, que al final resultaron cinco, se recogieron los testimonios que fueron más de doscientos, se hizo un elenco de numerosos milagros documentados con certificados médicos, que fueron varios centenares.

A Rubiano le parecía que pronto Benito debería ascender a los honores del altar, pero la Iglesia sabia, prudente, meticulosa hará pasar cerca de doscientos años, antes de decidir la canonización de nuestro siervo de Dios. El pobre Rubiano no verá esta glorificación por que a la edad de 93 años también él va a recibir su premio, reservado a los justos que han amado a Dios.

Pero Rubiano, antes de morir, verá a su Benito sacado de la húmeda tumba, donde había sido sepultado, y puesto en un lugar de honor en la iglesia de Santa María de Jesús. El día de esta traslación una multitud de devotos pudieron asistir a grandes prodigios: el cuerpo de Benito estaba incorrupto, su cuerpo exhalaba un fragante perfume, quien se acercaba y lograba tocarlo recibía gracias y milagros. Fue una apoteosis de gloria y su fama se difundió, pasó de la tierra de Sicilia a toda Italia y a Europa, hasta alcanzar las lejanas Américas donde estaban las colonias dependientes de España. También en la lejana India fue conocido nuestro Benito. El Tognoletto narra que un rey de aquellas tierras recobró la vista invocando a Benito.

En el intervalo, los procesos canónicos avanzaban lentamente, tanto que sólo en 1763 el Papa Clemente XIII lo declaró Beato.

En 1807, después de otros procesos canónicos y la recolección de nuevos documentos y milagros, el Papa Pío VII, el 25 de mayo, fiesta de la Santísima Trinidad, elevó a Benito al honor de los altares, proclamándolo Santo de la Iglesia Católica.

La gloria de Benito aquí en la tierra no tiene fin. Todavía ahora los pueblos de la tierra, de modo particular en España, Portugal, Brasil, Perú, Argentina, Venezuela, México, celebran fiesta y elevan himnos de agradecimiento al Santo llamado por ellos “Benito de Palermo”. En Nueva York recientemente ha sido reconstruida una iglesia bella y grande en el centro de Manhattan, en honor de San Benito de Palermo.

 

A TI LECTOR ATENTO Y ADMIRADOR

DE LA VIDA DE SAN BENITO

 

Has leído esta breve vida de nuestro San Benito de San Fratello o de Palermo, como lo llaman los españoles y los americanos. Pero si quieres conocer más a este nuestro Santo Taumaturgo, no debes hacer más que leer la biografía que recientemente ha salido, en ocasión del cuarto centenario de la muerte de nuestro gran Santo.

Podrás admirar todavía más como San Benito es un celeste Patrón que intercede por todos ante el trono de Dios.

Han pasado 400 años de su muerte, pero Benito está todavía vivo en el corazón de sus fieles.

Por desgracia, por eventos históricos, su culto ha sido mortificado, por cuanto por más de veinte años la iglesia que custodia su sagrado cuerpo ha permanecido cerrada.

Una ley de 1866 suprimía todas las órdenes religiosas en Italia y ordenaba la clausura de las iglesias y de los conventos. También Santa María de Jesús sufrió esta suerte.

Pero hoy, después de 400 años, San Benito se presenta a ti para decirte que te ama, que quiere donarte sus favores, que invita a los jóvenes para mostrarles un ideal de vida; a los adultos, ofreciéndoles una meta para alcanzar; a los ancianos, para recibir una consolación.

¡Despierta, te dice Benito, oh cristiano, distraído y desviado por las lisonjas de los placeres, de las diversiones, de la droga!.

Despierta de la indiferencia, oh seguidor de Cristo, alejado de tu fe por causa de los errores del siglo, de las ideologías materialistas, por la política.

Despierta de la tibieza, oh devoto fiel de la Iglesia, aburrido por la monotonía de la vida de cada día, disgustado por la carrera de la inmoralidad, abatido por el desorden cotidiano que ha destruido los valores de la vida, de la familia, de la sociedad.

A todos vosotros a los cuales está en el corazón amar a Dios, seguir a la Iglesia, vivir en la gracia: ayudad a los hermanos, consolad a los afligidos, recuperad los hijos perdidos, salvad las almas del oprobio de la deshonestidad, arrastrad a los pecadores para conducirlos a la recta vía... A todos vosotros llama, invita, suplica Benito en nombre de Dios, con un grito: “¡Amemos al Amor, porque el Amor no es amado!”

 

ORACIÓN

 

Benito, amigo de Dios, el Señor te ha colmado de toda bendición y te ha hecho santo e inmaculado a su imagen. Llamándote al seguimiento de Cristo y enriqueciéndote con los dones de su Espíritu, ha manifestado que para él no hay preferencia de personas, y que en su benevolencia llama a todos a la amistad y a la comunión de vida con él, al servicio de los hermanos y a la edificación de su Santa Iglesia.

 

Tú que has respondido prontamente a la llamada de Dios y siempre has buscado su rostro, obtennos del Padre de la luz tener sed ardiente de su palabra y buscar, más allá de cualquier cosa, con pobreza de espíritu, la comunión con él.

 

Tú que en el amor a la soledad y a la oración no te has olvidado de tus hermanos, pide por nosotros al dador de todo don perfecto un corazón puro, afable, humilde, pacífico, amor generoso y desinteresado por los hermanos y delicada atención a sus necesidades, simplicidad y austeridad de vida.

 

Protege con tu intercesión, de manera particular, a los emigrantes, los desterrados, los que son despreciados y privados de su libertad por causa de la raza, la religión o la cultura.

 

Encuentren en nosotros respeto, ayuda y amistad. Sea reconocida en ellos la dignidad que deriva del ser hijos de Dios, a su imagen y semejanza, salvados por Cristo Jesús, que a todos dona el Espíritu el cual nos permite dirigirnos a él llamándolo Padre. Amén.

 

 

 

ORACIÓN

 

Oh Benito, flor de Etiopía, lirio transplantado en la tierra de Sicilia, Tú que amaste a Cristo crucificado y a su Madre Santísima, de la cual recibiste entre tus brazos al divino infante y obtuviste numerosos milagros. Tú que, seguidor de Francisco de Asís, has ofrecido a los jóvenes luminoso ejemplo. Tú que sabías interpretar la Sagrada Escritura, escrutar los corazones de los hombres, prevenir los santos deseos, escucha nuestra oración que, después de cuatrocientos años de tu partida, te dirigen tus fieles: al mundo todavía esclavo del pecado, a los hombres divididos por el color de la piel, a las naciones sin paz obtén de Jesús, de la Virgen, de Francisco perdón, bondad y paz, a fin de que los hombres se amen como hermanos, como hijos de Dios no se odien, como seguidores de Francisco de Asís canten el himno del amor universal.

A los enfermos da salud, a los afligidos consuelo, a los pobres sostén, a tu Orden Seráfica numerosas vocaciones, a tu patria, Etiopía, y a toda la tierra de África: orden, fin del racismo, tranquilidad y bienestar.

A la Iglesia Universal el triunfo de la verdad del Evangelio.

Así sea.

 

 

 

Tìtulo original: Breve vita di S. Benedetto da S. Fratello detto il Moro,

Editorial Kergràfica – Lo Giudice – Palermo - 1989

Tradujo: Fr. Manuel Rosas Castillo.

 

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