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BREVE VIDA DE
SAN BENITO DE SAN FRATELLO
LLAMADO
EL MORO
LA CIUDAD NATAL
San Fratello, donde nació nuestro Benito, es una graciosa
ciudadela, en la provincia de Messina, de la cual dista 86 kilómetros, y está
ubicada sobre el monte Nébrodi, a 675 metros sobre el nivel del mar.
Se encuentra en una posición bellísima, domina el cautivador
mar Tirreno en un amplio radio, entre los torrentes Furiano e Inganno, y está
circundado por olivos, viñas y campos de cítricos.
Su historia se remonta a la vetusta Sosipolis (ciudad de la
salvación) del 1300 a.c., como es recordada en los estudios de la Trinakie
homérica, después a la antigua ciudad siciliana de Apolonia y en fin a la Demena
medieval, que dio el nombre a uno de los tres valles en los que estaba dividida
Sicilia: Val Demone, Val di Noto y Val di Mazara.
En un documento del 1272 el Castillo de Demena es designado
con el nombre de “Castrum S. Philadelphi”.
Este nombre deriva de los santos protectores Alfio,
Filadelfio y Cirino, los tres hermanos martirizados según algunos en el 263
d.C., en tiempos del emperador Valeriano, pero cuyos restos mortales fueron
robados de la ciudad de Santa Tecla y custodiados en la roca de Demena, sobre
San Fratello.
Redescubiertos en el perìodo normando, cuando Ruggero I vino
a Sicilia para librar la isla de los sarracenos, fueron llevados a la iglesia
madre de San Fratello, donde son venerados.
Los habitantes quisieron llamar a su país San Filadelfio,
transformándose después en la pronunciación local, que es afrancesante, en San
Fratello. En 1754 un terremoto y en 1922 una avalancha habían destruido el
país, el cual en un primer momento se quería reconstruir en la llanura de
Acquedolci, pero en seguida los habitantes lograron reconstruirlo en el mismo
lugar donde había sido fundado.
LOS PADRES
Los padres de nuestro Benito eran esclavos llevados desde
Etiopía a Sicilia. Los etíopes en el siglo XV tenían relaciones con los
portugueses, los cuales practicaban la trata de negros junto con los españoles.
Estos últimos, comprados los esclavos a los portugueses, los venían a vender a
Sicilia, dado que Sicilia en el siglo XVI era un virreinato de España.
Entre estos esclavos estuvieron los padres de Benito:
Cristóforo y Diana, que tomaron de su patrón el apellido de Manasseri.
Al casarse, Cristóforo y Diana habían decidido no tener
hijos, para no generar hijos esclavos como ellos.
Al saber el motivo por el cual no querían hijos, Manasseri
les prometió que el primero en nacer sería liberado. El primogénito fue Benito,
y fue hecho libre; después nacieron un hermano, de nombre Marco, y dos hermanas:
Baldassara y Fradella (femenino de Fratello).
Fradella se casó con Vicente Nastasi, esclavo de un hombre
adinerado. De su matrimonio nació Violante, la sobrina predilecta de Benito que
después, hecha monja, tomó el nombre de Benita.
INFANCIA Y JUVENTUD
En la escuela de sus padres, católicos, muy piadosos y
caritativos, Benito creció adornado de virtudes y desde la infancia hizo
presagiar lo que sería de grande.
Los biógrafos describen su niñez privada de los juegos
pueriles; se inclinaba mucho a la piedad; su corazón era ardiente de amor hacia
Dios y su Madre Santísima.
Alcanzada la edad de la razón comenzó a acercarse a la santa
Misa, recibía frecuentemente la santísima Eucaristía, escuchaba las
instrucciones del sacerdote del país, aprendió a amar a Dios y hacer el bien al
prójimo.
Desde pequeño tenía gran devoción a Jesús crucificado,
meditaba a menudo sobre la pasión del Hijo de Dios y se mortificaba con ayunos y
cilicios.
Benito estaba fuertemente atraído por la oración y a menudo
se lo encontraba arrebatado en contemplación y éxtasis.
Su deseo era consagrarse al servicio del Señor Jesús. Pronto
fue oído. Cerca de San Fratello había un santo eremita, Girolamo Lanza, hombre
noble y rico que había dejado familia y riquezas para consagrarse al Señor.
Vivía en el eremitorio de Santa Doménica.
Un día, encontrando a Benito, lo invitó diciéndole: “Benito,
¿qué cosa haces? Vende los bueyes y ven”.
Benito tenía 20 años. En aquella invitación sintió la voz de
Jesús que lo llamaba. Comunicó a sus padres su decisión, vendió los bueyes,
distribuyó el dinero a los pobres y fue donde el siervo de Dios Girolamo Lanza.
Los padres se lamentaron, pero no obstaculizaron la vocación
del hijo y lo dejaron marchar.
EL EREMITA
En el eremitorio de Santa Doménica, en el territorio de
Caronia, distante cinco kilómetros de San Fratello, fue acogido por el mismo Fr.
Girolamo Lanza y, bajo esta disciplina, su alma se afina y crece de virtud en
virtud, tanto que después de breve tiempo pudo emitir la profesión religiosa. La
vida eremítica, en 1550, había sido permitida por el Papa Julio III. Los
religiosos que la abrazaban, además de la regla de San Francisco de Asís debían
observar un cuarto voto, esto es, de conducir una vida cuaresmal, ayunando tres
veces a la semana y viviendo en soledad y en oración.
Benito en aquel género de vida creció de tal forma en gracia
y perfección que superaba a todos los otros del mismo eremitorio.
Observaba el ayuno de modo tan rígido que comía sólo pan y
verduras, una vez al día, lo que era necesario para sobrevivir.
Maceraba su cuerpo con crueles flagelaciones y ásperos
cilicios; dormía sobre la tierra desnuda por breve tiempo; sus días y todas las
noches las pasaba en continua contemplación y oración.
El perfume de sus virtudes no podía esconderse más, y los
ciudadanos de Caronia, de Santa Doménica y del mismo San Fratello corrían al
eremitorio donde estos santos religiosos transcurrían la vida en penitencia;
pero iban sobretodo a Benito que se distinguía entre ellos.
A él recurrían los fieles para encomendarse a sus oraciones,
que no sólo eran escuchadas, sino que a menudo estaban acompañadas de verdaderos
milagros.
Los pobres eremitas no tenían más paz, no podían cumplir sus
disciplinas en tranquilidad.
El siervo de Dios Girolamo Lanza decidió abandonar aquel
eremitorio por otro lugar más lejano y tranquilo.
Primero se ubicaron en la Platanella, pero también aquí la
gente iba numerosa a encontrar a Benito.
Fueron más lejos, a la Mancusa, entre Partinico y Carini, y
poco tiempo después buscaron esconderse en el monte Pellegrino, cerca de
Palermo. Por un año y ocho meses Benito fue a Marineo, al Santuario de la
Madonna de la Dayna, pero después regresó al monte Pellegrino, llamado así por
los peregrinos que allí habitaban.
A la muerte del pío eremita Girolamo Lanza, todos los
eremitas decidieron que sólo Benito era digno de ser elegido superior. A pesar
de que Benito trató de evitar tal encargo, aduciendo que era analfabeto y
pecador, todavía sus hermanos con insistencia lo obligaron a aceptar.
Después de 17 años de vida eremítica, durante los cuales se
había distinguido por piedad, rigor, disciplina y santidad, una carta del
Cardenal Rodolfo del Carpio, Protector de la Orden de los Frailes Menores,
ordenaba que todos los eremitas debían retirarse a una Orden Franciscana: o a
los Frailes Menores o a los Frailes Capuchinos. Por lo tanto, estaban
dispensados del cuarto voto cuaresmal y podían ser acogidos en la Orden elegida
como verdaderos religiosos.
Todos los eremitas obedecieron y Benito tenía el propósito de
entrar en la Orden de los Frailes Menores Capuchinos.
Pero, reflexionando, quiso recogerse en oración para
preguntar a la Virgen Santa cuál decisión debía tomar.
Se acercó a la Catedral de Palermo y delante del altar de la
Madonna oró largamente. La Virgen Santa, con una triple señal, le manifestó que
la voluntad de su Hijo Divino era que entrara en la Orden de los Frailes Menores
Reformados.
HERMANO MENOR
El primer capítulo de la Regla de los Frailes Menores es
este: “Vivir según el Evangelio en obediencia, sin nada propio y en castidad”.
Así ha escrito, de su mano, San Francisco de Asís.
Benito, conocida la voluntad de Dios, llega al convento de
Santa María de Jesús de Palermo y pide con humildad ser admitido a la Orden de
los Hermanos Menores.
El P. Guardián lo acoge benévolamente y lo admite entre el
número de los hermanos laicos, esto es, entre los religiosos no sacerdotes.
Por un trienio es mandado al convento de Santa Ana en
Giuliana, pero después retorna a Palermo al convento de Santa María de Jesús,
donde permanece todo el tiempo de su vida.
Benito, pasado del eremitorio al convento, no ha cambiado
nada de su fervor y amor hacia Dios y los hermanos.
Aunque dispensado del cuarto voto, es decir, de hacer todo el
año el ayuno cuaresmal, él por su particular devoción continuaba en la
austeridad y el rigor, como había vivido durante la vida eremítica. El alimento
frugal a menudo consistía en pan y agua.
Para penitencia y mortificación llevaba cotidianamente el
cilicio, se disciplinaba, algunas veces hasta la sangre, con las cuerdecillas en
la extremidad de las cuales habían agudos flagelos, dormía frecuentemente sobre
la tierra desnuda, trabajaba dedicándose a las labores más humildes y pesadas.
Aquello que, para un tenor tal de vida austera, daba fuerza a
nuestro Benito, era el fuego de un ardiente amor hacia Dios. En la férvida
oración encontraba tanto gozo y consolación que lo hacía olvidar todo sacrificio
y renuncia.
En la contemplación de los sagrados misterios, a menudo era
arrebatado en éxtasis, permanecía por horas enteras así elevado de la tierra que
no sentía aquello que sucedía en torno a él.
Se acercaba a menudo a la Eucaristía con tal y tanto
recogimiento, que su rostro irradiaba de un esplendor singular que despertaba
maravilla y gozo en los presentes.
La soledad, el silencio y el recogimiento eran los momentos
más dulces de su existencia.
Para él, Fraile Menor, siempre obediente, la voz de los
superiores era la voz de Dios; el sonido de la campana era la señal que lo
despertaba para cumplir su deber; las órdenes recibidas eran puntual y
escrupulosamente seguidas. Se narra que un día, mientras se encontraba en la
Iglesia, arrebatado en éxtasis delante de la Virgen Santa, le fue dado por María
el Niño Jesús. Benito se encuentra en plena delicia y conversación con Jesús
Niño, cuando oye el sonido de la campana que lo llama. Se despierta del éxtasis,
invita a la Virgen a tomar el Niño. No habiendo sido oído de inmediato, lanza el
Niño entre los brazos de la Madre y corre donde la obediencia lo llama.
Retornado a los pies de la Madonna, se da cuenta que el Niño
después del lanzamiento no ha retomado su posición natural y ha permanecido
distinto, casi como si estuviese a punto de caer. ¡Admirable testimonio de la
obediencia de Benito!.
Todavía ahora se ve el Niño Jesús entre los brazos de la
Madonna en esta incómoda posición.
La pobreza del siervo de Dios era la más severa, en los
viajes no llevaba jamás alforja y lo que recibía en caridad de los bienhechores
lo distribuía entre los pobres.
Su celda carecía de adornos: un saco de paja como lecho, que
utilizaba cuando no dormía sobre la tierra desnuda, una cruz dibujada en la
pared con carbón, una imagen de papel que representa a la Virgen Santa y otras
imágenes sin adorno que representan a los santos de su devoción. Estos son todos
sus arreglos.
Su vestido era el pobre sayal “rudo y remendado”, de lana
tosca.
De tal manera cuidaba su pureza y modestia que era llamado
por todos: “ángel en carne”. No daba jamás a besar la mano, la retraía dando en
su lugar a besar la manga de la túnica.
No miraba jamás a la cara a las mujeres, frecuentemente solía
decir: “Para custodiar el lirio de la pureza, es necesario huir de todas las
ocasiones que la pueden ofuscar”.
Así aconsejaba a sus hermanos: “De este tipo de tentaciones
se debe huir y no luchar con ellas, porque fácilmente se resulta derrotados”.
Benito es el verdadero Fraile Menor, observante de la Regla, amante de la
oración, custodio escrupuloso de los santos votos de pobreza, obediencia y
castidad. Era tan amado por todos sus hermanos que en 1583 lo quisieron elegir
como su superior, a pesar de que Benito con toda humildad les rogara desistir,
porque era iletrado, hermano no sacerdote y sobretodo gran pecador.
Los hermanos no juzgaron válidas sus razones; y entonces sólo
por obediencia aceptó ser el superior.
Durante su oficio de superior supo guiar tan bien a sus
hermanos, con tal dulzura y amor, que muchos pidieron ir a vivir con él en el
convento de Santa María de Jesús, por lo cual se vio obligado a ampliarlo,
construyendo un segundo piso y una nueva ala en el convento.
También los hermanos obstinados aceptaban seguir sus consejos
porque, más que por las palabras, estaban convencidos por su ejemplo.
EL CONSOLADOR
Las palabras del Divino Maestro: “ Todos los que estáis
cansados y oprimidos venid a mi y yo os consolaré” (MT 11,28), son las palabras
puestas en práctica por nuestro Benito.
Su fama de santidad, primero como eremita y después como
Fraile Menor, sus virtudes preclaras, su ejemplo luminoso se difundieron
rápidamente y el pueblo de Dios acudía a él.
Benito, ánima simple y humilde, recibía a todos, más bien
quería ser llamado en cualquier hora de la jornada que fuese reclamado por
alguno, y esto aunque estuviese fatigado y cansado.
En efecto un día llego una pobre viejecita al convento de
Santa María de Jesús y preguntó por Fr. Benito. El hermano portero, sabiendo que
el siervo de Dios había ido a reposar, rogaba a la viejecita retornar en otra
oportunidad. En aquel preciso momento llegó Fr. Benito que, después de haber
reprendido dulcemente al hermano portero, consoló a la pobre viejecita, la cual
se marchó toda contenta por haberle hablado.
Pobres o ricos, nobles o plebeyos, doctos o ignorantes, a
todos recibía Benito y para todos tenía palabras de consolación.
Más que las palabras, son los hechos los que dan testimonio.
He aquí algunos: Juana de Giovanni, cidadana palermitana, angustiada por no
haber tenido en mucho tiempo noticias del hijo, que se encontraba lejos de
Sicilia, fue a buscar a Benito para recomendarlo a sus oraciones y para ser
consolada.
El siervo de Dios estaba en la portería cuando vio venir a la
señora toda angustiada, leyó dentro de su corazón y le dijo: “Usted viene para
tener noticias de su hijo; vaya con la paz del Señor porque tendrá pronto buenas
noticias y cuanto antes lo verá”.
Eso ocurrió el sábado. El lunes siguiente la señora no sólo
tuvo noticias del hijo, sino que al día siguiente lo vio aparecer sano y salvo.
Donna Piedra Alesi, en el proceso para la beatificación de
Benito, declaró con juramento cuanto sigue: “Yo tuve otro marido antes de este,
que se llamaba César Russo, el cual estuvo en mi compañía por algunos años; pero
yo estaba inquieta y turbada, debido a que él vivía lascivamente y andaba detrás
de otras mujeres; por lo cual sentía mucha pena y fastidio; y no sabiendo qué
cosa hacer contaba a todos mi tribulación para ver si podía en cualquier modo
encontrar remedio; así que una vez me propuse ir a una hechicera, para hacer una
brujería por mi marido, no sabiendo qué cosa hacer y por la ansiedad que tenía
de verme tranquila. Fui a encontrar a la hechicera, y ella me dio cierto polvo
en un cartucho con la orden de que se lo diese a beber o al menos se lo
esparciera encima. Cogí el polvo con la intención de hacer cuanto me había dicho
la hechicera, pero de inmediato me arrepentí, y tornando en mí misma, no quise
hacerlo. Un día movida por la fama que entonces corría, que en el convento de
Santa María de Jesús un fraile santo llamado Fr. Benito de San Fratello hacía
muchos milagros, me resolví a ir donde él, a fin de que me consolase en estos
afanes, y me diese un remedio espiritual para la tranquilidad de mi alma. Así
que habiendo ido, y habiéndole expuesto el estado de mi marido, me dice estas o
parecidas palabras: “Fuera, fuera, llévate aquel diablo que llevas encima y
después regresa acá”.
Y no habiendo yo comprendido qué cosa quisiera decir, antes
bien decía que no le comprendía, me replicó con mayor fuerza aquellas mismas
palabras y se marchó.
Yo preguntaba a mi madre, que estaba presente, qué cosa
quería decir Fr. Benito. Ella, sabiendo que yo había ido a la hechicera y que
había recibido aquel polvo, me preguntó si lo llevaba encima. En efecto, así
era, y entonces lo boté de inmediato y mandé a llamar a Fr. Benito. El siervo de
Dios vino sonriendo y alegre y, antes que le hablase, me dijo: “Ahora que tú has
botado fuera el diablo que llevabas encima, ve a casa alegremente, ahí
encontrarás a tu marido que te está esperando y vivirás por el futuro con él
serenamente”.
Consolada por este anuncio, regresé a casa y encontré en
efecto a mi marido que me esperaba. Y desde aquel día hizo conmigo una vida
marital, cambiado totalmente en las costumbres y en los vicios pasados, que
parecía que fuera otro. Así duró hasta que nuestro Señor lo llamó consigo.
Benito, como se nota, no sólo consolaba los corazones
afligidos, si no que escrutaba su interior poniendo de manifiesto sus afanes.
EL CONSEJERO
Escribe San Pablo en la carta a los Corintos en el capítulo
primero, versículo 27: “Dios ha escogido lo necio del mundo para confundir a los
sabios. Dios ha escogido lo débil del mundo para confundir a los fuertes”.
Benito se definía “idiota” esto es analfabeto, sin embargo
Dios quiso manifestar en él la sabiduría, la astucia, la prudencia.
A Benito acudían hombres doctos y teólogos de gran fama para
recibir explicaciones y consejos.
A él iban virreyes, magistrados y administradores de la
ciudad para tener instrucciones y sugerencias acerca de cómo guiar a los
súbditos y administrar la justicia.
A nuestro siervo de Dios se acercaban hombres y mujeres,
ricos o de humilde condición, para ser guiados en afrontar los problemas de la
vida cotidiana.
Sus mismos hermanos sacerdotes y laicos recurrían a él y de
él recibían enseñanzas para ser iluminados en el vivir según la Regla y en la
prudencia.
Aquí reporto testimonios declarados en los varios procesos
para su canonización.
He aquí cómo se expresa el P. Miguel de Agrigento: “Yo sé que
Benito no sabía leer ni escribir y que era un hombre idiota; pero con todo esto
hacía muchos sermones y razonamientos a los hermanos y particularmente a los
novicios, explicándoles muchos pasajes y dificultades de la Sagrada Escritura,
con mucha claridad y edificación espiritual”.
Otro hermano sacerdote rindió así su testimonio en el segundo
proceso palermitano: “Yo sé que Fr. Benito era idiota y no sabía ni leer ni
escribir, pero con todo esto, muchas veces explicaba a los novicios las
lecciones de la Sagrada Escritura que se habían leído en Maitines y en estas
lecciones se entretenía en largos discursos, que parecían inspirados por el
Espíritu Santo”.
Hombres doctos, de gran estima y de grandes méritos,
testimoniaron reconocer en Benito el particular carisma de interpretar las
Sagradas Escrituras y escrutar los corazones.
El padre Maestro de la Orden Dominica, Vicente Magis, insigne
por la doctrina y teólogo, y propuesto como Arzobispo de Palermo, declaró en el
proceso, bajo juramento, cuanto sigue: “Un día, afligido por no haber podido
explicar cierto pasaje de la Sagrada Escritura, fui al convento de Santa María
de Jesús para conversar con Fr. Benito. Y mientras estaba preguntando por el
siervo de Dios, he aquí que aparece Benito que, en vez de saludarme, casi
leyendo mi pensamiento, dice: “Padre mío, no os turbéis si no habéis comprendido
aquel pasaje de la Sagrada Escritura, por que yo os lo explicaré”.
El padre Maestro, habiéndose sentado, lo oyó explicar aquel
pasaje con tanta claridad y profundidad de doctrina que no habría podido
esperarse de un inteligente doctor de Sagrada Escritura.
No sólo a los doctos y a sus hermanos, pero también a los
humildes daba consejos sabios y prudentes.
Así sucedió al palermitano Octavio Panitteri que fue a Benito
para saber cómo se debía comportar al resolver cierta causa. Apenas llegado al
convento, sin haber proferido todavía ninguna palabra, sintió al siervo de Dios
decirle: “Proseguid de buen ánimo la causa que tenéis, porque en pocos días la
habréis vencido”. Como sucedió en efecto.
La palermitana Agata Bianchi tenía una gran angustia de
espíritu por una violenta tentación, y no tenía el coraje de dirigirse a alguno
para encontrar consejo y remedio oportuno.
Llegada donde Benito para consultarlo, antes de que lo
saludase le oyó exclamar: “¡Tentación, tentación, qué maravilla!”. La Madre de
Dios fue la única que no la tuvo, pero después todos tenemos tentaciones”.
Agata entendió que Benito le había leído el pensamiento. En
aquel momento sintió un alivio a su pena y poco después la tentación desapareció
del todo.
La baronesa Isabel Barresi de la Piedra, teniendo una gran
angustia porque su hijo quería casarse con una señora que no agradaba a la
familia, llegó a Benito en busca de consejo. Este la exhortó a estar tranquila
por que el Señor la habría escuchado. Poco tiempo después la baronesa, viendo
regresar al hijo enfermo, interpretó aquella enfermedad como castigo de Dios. El
hijo cuando sanó, no pensó más en ese matrimonio.
Todos estos episodios son auténticos, porque los testigos los
han contado bajo juramento en los varios procesos instruidos por la autoridad
eclesiástica. Son episodios que manifiestan claramente como nuestro Benito había
sido enriquecido por el Señor con particulares carismas.
EL TAUMATURGO
Jesús dijo un día a sus discípulos: “En verdad, en verdad os
digo: quien cree en mí hará las obras que yo hago y todavía mayores”. (Jn. 14,
12).
Benito es discípulo de Jesús; sólo en El cree; sólo por Jesús
sufre, se mortifica y dona toda su vida. Por eso Jesús hace partícipe de sus
dones a su siervo bueno y fiel oyendo sus plegarias.
Benito, por gracia de Jesús, hace tantos y tales milagros,
sea durante su vida mortal y todavía más después de su muerte, que puede ser
definido sin duda, como San Antonio de Padua, un taumaturgo. Benito sana a los
enfermos, después de haber orado con férvida fe, con sólo el signo de la cruz o
con el contacto de su mano, o ungiendo al enfermo con el aceite de la lámpara
que arde ante el altar de la Virgen Santa. Después de su muerte, los enfermos
sanan tocando una reliquia suya e invocando su intercesión.
Ha dado la vista a los ciegos, ha enderezado a los cojos, ha
sanado apestados, ha dado nueva vida a los muertos. Si bien han sido centenares,
quizá millares los milagros obrados por Benito, aquí por razones de brevedad
sólo citamos algunos dada la imposibilidad de enumerarlos todos.
Un día la señora Leonor, mujer de Angelo Gerro, junto con
otras amigas suyas, se acercó al convento de Santa María de Jesús para encontrar
a Benito. Después de haber transcurrido la jornada en oración y en santa
conversación con el siervo de Dios, al retornar por la noche a casa, en un
cierto punto los caballos se encabritaron y se pusieron a correr haciendo volcar
la carroza. La señora Leonor vio terminar bajo la misma al pequeño Andrés que
tenía en brazos. Repuesta del susto, fue a recoger a su hijo de cinco meses que
no daba más señales de vida. Vanos fueron los intentos para reanimarlo. A los
gritos de dolor acude, con los frailes del convento, Benito al cual dice la
adolorida madre: “Padre mío, mi hijo está muerto, ¿cómo puedo regresar a casa de
mi marido que no sabe siquiera que he venido aquí?”
No dudes, responde de inmediato Benito, y tomando el niño
entre los brazos, le pone la mano sobre la frente, recita algunas oraciones y
después lo devuelve a la madre diciéndole: “Dale de comer”. La madre responde:
“Pero, padre, los muertos no comen”. Benito replica: “No seas incrédula; dale de
mamar a tu hijo”. Leonor obedece y el niño abre los ojos y comienza a succionar
la leche.
Otra vez, la rueda de un carro había pasado sobre el estómago
de una cierta Lucrecia Di Carlo, que estaba encinta. Todos pensaron que la prole
había muerto en el vientre de la madre. La mujer fue conducida a Benito el cual
la signó con la señal de la cruz, recitando algunas oraciones. Eso bastó para
que Lucrecia sanara de todo mal y a su tiempo diera a luz a una niña sana y
salva.
El Virrey de Sicilia Marco Antonio Colonna, cuya mujer había
enfermado gravemente, mandó llamar a Benito que en compañía del P. Ignacio de
Siracusa llegó al palacio.
Acogido con gran devoción, el mismo virrey le suplicó por la
salud de su esposa. Benito lo exhortó a estar de buen ánimo, puesto que sin duda
alguna la virreina se sanaría. Se aprestaba a regresar al convento, cuando la
mujer se levantó sanada del todo de aquella grave enfermedad.
Una mujer hidrópica, con el vientre extraordinariamente
hinchado, lloraba inconsolable ante el altar de la Virgen. Viendo a Benito en
oración ante el altar mayor, se le acercó implorando la ayuda de sus poderosas
oraciones. Benito le hizo la señal de la cruz y aquella sanó al instante.
Un día Fr. Benito, encontrándose a la puerta del convento con
Fr. Gregorio de Licata, vio aproximarse a un pobre ciego apoyado en un bastón,
que por medio de una cuerda se hacía guiar por un perro. El ciego, aproximándose
a Benito le imploró que le hiciese la gracia. Benito, haciendo uso de la
acostumbrada oración y el signo de la cruz, le devolvió la vista. El ciego no
supo contenerse y gritó con júbilo: ¡Milagro!, ¡Milagro! Acudieron los frailes y
vieron con sus propios ojos lo que había sucedido, pero Benito escapó y fue a
esconderse en el oratorio de la montaña. Preguntado el por qué de su fuga,
respondió que el ciego había sido curado por la Virgen y por eso no quería que
se le diera gloria a él, si no a la Señora.
¡Así saben obrar los santos!
Como se ha dicho, otros milagros han sido obrados también
después de su muerte.
Centenares fueron presentados en los procesos, con testigos
oculares y con los prescritos referidos por los médicos.
La Sagrada Congregación de los Ritos escogió dos, también
porque sólo dos eran necesarios para comprobar la santidad de Benito.
Estos fueron los milagros escogidos:
Salvador Centini Capizzi de San Fratello, no queriendo sufrir
más el daño natural que le hacían algunos cerdos que estaban en el huerto cerca
de su casa, cogió la escopeta y, más para ponerlos en fuga que para matar a
alguno, hizo un disparo. Después de haber disparado sintió llanto y gritos de
dolor. Involuntariamente el pobre Salvador había herido en la garganta a su hijo
Francisco, de nueve años, traspasándosela de lado a lado.
Indescriptible el dolor del pobre padre y de toda la familia,
especialmente cuando llamados los médicos del lugar y de las comarcas vecinas,
concluyeron que la herida era mortal y por tanto absolutamente incurable por el
gran desgarro que había ocasionado la bala en el esófago y en la tráquea.
Adolorido el pobre Centini, después de haber sabido que todos
los remedios humanos eran inútiles, llamó al P. Plácido de Naro, Guardián del
convento de San Fratello, el cual con la reliquia del siervo de Dios Benito
bendijo al niño tocándole la misma herida. ¡Oh gran milagro! Con aquel toque la
herida cicatrizó perfectamente y Francisco empezó a hablar. Sólo quedó una
cicatriz, casi como testimonio de aquella milagrosa recuperación extraordinaria.
El segundo milagro presentado para la canonización es el
siguiente: Felipe Scaglione de San Fratello había nacido inválido, con las dos
piernas paralizadas, tanto que no podía caminar. Cuando debía ir de un sitio a
otro lo hacía arrastrándose a gatas, pero no siempre lo lograba.
Se encontraba en la cama cuando bajo la ventana de su casa
pasaba la procesión que conducía la sagrada reliquia del siervo de Dios, Benito,
hecho don de la iglesia del convento de San Fratello.
Felipe, que había oído narrar los muchos milagros obtenidos
por la intercesión del siervo de Dios, se sintió fuertemente estimulado a
implorar la gracia para recuperar las salud.
Se hizo llevar por su hermana a la ventana y mirando la
reliquia que pasaba, con sentimiento de viva fe, pidió la gracia con todo el
corazón. Mientras rezaba así, vio a su lado a un fraile de rostro moreno y
suspendido en el aire, que le comunicaba la completa recuperación. Felipe
reconoció en aquel fraile al siervo de Dios Benito, creyó en sus palabras, hizo
la prueba de caminar, apoyó libremente los pies, se sintió afirmado en las
piernas, comenzó a caminar primero lentamente y después más rápido. Se puso a
gritar por la alegría, haciendo notar a todos el milagro que había hecho Dios
por intercesión de su siervo.
Pero creo que cada uno de nosotros se pregunta: ¿hoy Benito
no hace más milagros?
Más que preguntarse si hace ahora milagros, ¿por qué no
rezamos con viva fe, con ardiente amor y con renovada esperanza?
Recemos, invoquemos, supliquemos a Benito, con fe, con el
alma en gracia de Dios, como él quería, y los milagros por intercesión del Santo
Moreno se realizarán.
HERMANA MUERTE
Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte
corporal,
De la cual ningún hombre vivo puede escapar,
Ay de aquellos que mueran en pecado mortal.
Bienaventurados aquellos a quienes encontrará en tu santísima
voluntad,
Pues la muerte segunda no les hará mal.
Así San Francisco, tendido sobre la tierra desnuda,
componiendo la última estrofa del “Cántico de las Criaturas”, invitaba a sus
hermanos a cantar, mientras él se preparaba gozosamente a entregar su bella alma
al Señor. Benito, digno hijo de tan seráfico Padre, también se preparaba para
recibir la justa recompensa del buen servidor, y a encontrarse con Dios, la
Virgen y los santos que por toda la vida había amado, orado, invocado y
contemplado en éxtasis, y ahora los habría encontrado y visto cara a cara.
Benito se enfermó en el mes de febrero de 1589. Los frailes,
vista la gravedad del mal, llamaron a su íntimo amigo, el señor Giandomenico
Rubiano, senador de la ciudad, el cual acudió de inmediato. Benito viéndolo
preocupado le dijo: “Por esta vez, le place al Señor que yo escape de esta
enfermedad, pero a la otra partiré de esta vida, y será pronto por que ya he
cumplido mi tiempo”.
En efecto, aquella vez sanó, pero no pasó un mes y, habiendo
retomado virulencia el mal, la salud de Benito se deterioraba de día en día.
Todos los frailes le servían, pero él no quería que se
preocupasen, sabiendo por particular revelación que estaba próxima la hora de
unirse con su amado Señor.
El padre Superior visitándolo una vez le dijo: “¡Oh Señor,
gran trabajo tendremos el día de vuestra muerte por el concurso de la gente que
vendrá”!
Benito respondió dulcemente: “No dudéis, Padre, porque el día
que moriré no habrá multitud de pueblo, no habrá ninguno, pero sí después; y si
no es enterrado pronto mi cuerpo vendrá gran multitud y se verán grandes
contrastes, por lo que os suplico hacerlo enterrar de inmediato”.
Profecía que se cumplió puntualmente.
Durante los últimos días de enfermedad, a pesar de ser
atormentado por fortísimos dolores, por extenuación y languidez, todavía no
quería nada para aliviarlos y sufría todo ofreciéndolo a su bien: Jesús.
No habría querido tomar ni medicinas ni alimentos especiales,
pero como siervo obediente tomaba todo aquello que el Superior y el médico
ordenaban.
Un día, después que un fraile le había llevado dos yemas de
huevo prescritas por el médico, dijo: “Estas yemas de huevo no sirven más; sólo
las tomo para hacer la obediencia”.
Agravándose el mal rogó al Superior llevarle el santo
Viático. Antes de recibir el Santísimo Sacramento, se alzó un poco y puesto el
cordón al cuello, en señal de humillación, con voz clara, interrumpida sólo por
los sollozos, pidió perdón a todos por sus pecados y lo hizo con tal humildad
que parecía el más grande pecador. Sus hermanos que rodeaban su lecho se
conmovieron de tal manera que se echaron a llorar.
A Fr. Guillermo de Piazza, que creía que estaba próximo a
expirar y se había puesto a encender la velas, le dice: “Hermano, todavía no ha
llegado la hora; cuando llegue te lo diré”.
Acercándose el día de su muerte, a Fr. Paolo y a Fr.
Guillermo que estaban cerca de él les dice: “Poned en orden algunas sillas para
estas santas señoras que vienen a visitarme”. Los frailes, no viendo a ninguna,
le preguntaron: “¿Dónde están?”. El respondió: “¿No veis a Santa Ursula y sus
vírgenes?”. Benito nutría particular devoción hacia esta santa, que en la hora
de su partida había venido a visitarlo. Pasado todavía algún día y acercándose
la hora de la muerte, volviéndose a Fr. Guillermo le dice: “Hermano, ha llegado
la hora, enciende las velas”. En seguida se pone las manos al pecho en forma de
cruz, con los sentimientos más tiernos invoca los dulces nombres de Jesús, María
y Francisco, alza los ojos al cielo, con el rostro más luminoso que de
ordinario, pronunciando estas palabras: “En tus manos encomiendo mi espíritu”,
el alma bendita abandonando los despojos mortales, alza el vuelo hacia la morada
celestial de los bienaventurados.
Eran las 19 horas del 4 de abril de 1589, martes después de
la fiesta de Pascua de Resurrección.
Fr. Benito tenía 65 años, de los cuales había pasado 21 con
sus padres, 17 de eremita y 27 como hermano menor.
Aquella alma bendita separada del cuerpo, antes de entrar en
la gloria, quiso dar una consolación a su querida sobrina, sor Benita Nastasi,
que se encontraba en la casa del amigo Giandomenico Rubiano. Mientras ella
estaba en su habitación, de improviso vio sobrevolar una cándida paloma y oyó
estas palabras: “¿no preguntas nada, Benita?”. La muchacha reconoció la voz y
dice: “¿dónde vas, tío?” Tuvo esta respuesta: “al cielo”.
Benito se ha ido al cielo y como San Pablo puede exclamar:
“He combatido la buena batalla, he terminado la carrera, he conservado la fe.
Ahora sólo me queda la corona de justicia que el Señor, justo juez, me entregará
en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que esperan con amor su venida”
(2Tim. 4, 7-8).
LA GLORIA
La verdadera gloria es el esplendor del hombre en la
magnificencia del cielo a honor de Dios. El resplandecer de la gloria es la
plena revelación de la vida vivida en gracia. La gracia y la gloria pertenecen a
la misma especie, porque la gracia es en nosotros principio de gloria.
Benito ha transcurrido toda su vida terrena en íntima unión
con la gracia divina; su ideal ha sido vivir en gracia de su bien: Dios; su meta
ha sido el alcanzar al dador de toda gracia: Dios; su último fin ha sido el
conseguir la posesión de la gloria, para vivir in eterno de la vida de Dios, que
es gloria perenne, inmortal, infinita. A Benito se le abren las puertas eternas
del reino celestial: allí se ama a Dios sin cansarse, se alaba a Dios sin
aburrirse, se posee a Dios sin más temor de perderlo. Benito ha entrado en la
gloria inmortal.
También los hombres sobre la tierra elevan a Benito un canto
de reconocimiento, entretejen una guirnalda de gloria, elevan himnos de amor:
iglesias, altares, estatuas, y esto para rogarle, para invocarlo, para amarlo.
El día de la muerte, como había predicho, poca gente estuvo presente en su
tránsito y sepultura. Pero, difundida la noticia de su partida, una multitud de
devotos acudieron a su tumba: palermitanos, mesineses, gente de Agrigento,
Siracusa y otros de cada lugar de la isla.
Virreyes, Cardenales, Arzobispos, magistrados, dignatarios y
fieles de España, que encontraban en Palermo, acudieron a su tumba para rezarle,
suplicarle y celebrar sus alabanzas.
Todo esto duró por muchos meses.
Benito como en vida, así después de la muerte, donaba
generosamente abundantes gracias, prodigios, milagros que obtenía de la bondad
de Dios y de la Virgen Santa.
Fue este tumulto de pueblo y autoridades, comprendido el Rey
de España, que dio inicio a la demanda de ver a Benito circundado por la aureola
de los santos. Su íntimo amigo Giandomenico Rubiano se puso de inmediato a la
obra para que fuera iniciado el proceso canónico de la beatificación. No ahorró
medios, no dejó en paz autoridades eclesiásticas, sea diocesanas que romanas,
escribió a Felipe III, Rey de España, para interesarlo, primero para hacer
trasladar el cuerpo de Benito de la fosa común a la iglesia, después para hacer
iniciar el proceso de beatificación.
Se iniciaron los procesos, que al final resultaron cinco, se
recogieron los testimonios que fueron más de doscientos, se hizo un elenco de
numerosos milagros documentados con certificados médicos, que fueron varios
centenares.
A Rubiano le parecía que pronto Benito debería ascender a los
honores del altar, pero la Iglesia sabia, prudente, meticulosa hará pasar cerca
de doscientos años, antes de decidir la canonización de nuestro siervo de Dios.
El pobre Rubiano no verá esta glorificación por que a la edad de 93 años también
él va a recibir su premio, reservado a los justos que han amado a Dios.
Pero Rubiano, antes de morir, verá a su Benito sacado de la
húmeda tumba, donde había sido sepultado, y puesto en un lugar de honor en la
iglesia de Santa María de Jesús. El día de esta traslación una multitud de
devotos pudieron asistir a grandes prodigios: el cuerpo de Benito estaba
incorrupto, su cuerpo exhalaba un fragante perfume, quien se acercaba y lograba
tocarlo recibía gracias y milagros. Fue una apoteosis de gloria y su fama se
difundió, pasó de la tierra de Sicilia a toda Italia y a Europa, hasta alcanzar
las lejanas Américas donde estaban las colonias dependientes de España. También
en la lejana India fue conocido nuestro Benito. El Tognoletto narra que un rey
de aquellas tierras recobró la vista invocando a Benito.
En el intervalo, los procesos canónicos avanzaban lentamente,
tanto que sólo en 1763 el Papa Clemente XIII lo declaró Beato.
En 1807, después de otros procesos canónicos y la recolección
de nuevos documentos y milagros, el Papa Pío VII, el 25 de mayo, fiesta de la
Santísima Trinidad, elevó a Benito al honor de los altares, proclamándolo Santo
de la Iglesia Católica.
La gloria de Benito aquí en la tierra no tiene fin. Todavía
ahora los pueblos de la tierra, de modo particular en España, Portugal, Brasil,
Perú, Argentina, Venezuela, México, celebran fiesta y elevan himnos de
agradecimiento al Santo llamado por ellos “Benito de Palermo”. En Nueva York
recientemente ha sido reconstruida una iglesia bella y grande en el centro de
Manhattan, en honor de San Benito de Palermo.
A TI LECTOR ATENTO Y ADMIRADOR
DE LA VIDA DE SAN BENITO
Has leído esta breve vida de nuestro San Benito de San
Fratello o de Palermo, como lo llaman los españoles y los americanos. Pero si
quieres conocer más a este nuestro Santo Taumaturgo, no debes hacer más que leer
la biografía que recientemente ha salido, en ocasión del cuarto centenario de la
muerte de nuestro gran Santo.
Podrás admirar todavía más como San Benito es un celeste
Patrón que intercede por todos ante el trono de Dios.
Han pasado 400 años de su muerte, pero Benito está todavía
vivo en el corazón de sus fieles.
Por desgracia, por eventos históricos, su culto ha sido
mortificado, por cuanto por más de veinte años la iglesia que custodia su
sagrado cuerpo ha permanecido cerrada.
Una ley de 1866 suprimía todas las órdenes religiosas en
Italia y ordenaba la clausura de las iglesias y de los conventos. También Santa
María de Jesús sufrió esta suerte.
Pero hoy, después de 400 años, San Benito se presenta a ti
para decirte que te ama, que quiere donarte sus favores, que invita a los
jóvenes para mostrarles un ideal de vida; a los adultos, ofreciéndoles una meta
para alcanzar; a los ancianos, para recibir una consolación.
¡Despierta, te dice Benito, oh cristiano, distraído y
desviado por las lisonjas de los placeres, de las diversiones, de la droga!.
Despierta de la indiferencia, oh seguidor de Cristo, alejado
de tu fe por causa de los errores del siglo, de las ideologías materialistas,
por la política.
Despierta de la tibieza, oh devoto fiel de la Iglesia,
aburrido por la monotonía de la vida de cada día, disgustado por la carrera de
la inmoralidad, abatido por el desorden cotidiano que ha destruido los valores
de la vida, de la familia, de la sociedad.
A todos vosotros a los cuales está en el corazón amar a Dios,
seguir a la Iglesia, vivir en la gracia: ayudad a los hermanos, consolad a los
afligidos, recuperad los hijos perdidos, salvad las almas del oprobio de la
deshonestidad, arrastrad a los pecadores para conducirlos a la recta vía... A
todos vosotros llama, invita, suplica Benito en nombre de Dios, con un grito:
“¡Amemos al Amor, porque el Amor no es amado!”
ORACIÓN
Benito, amigo de Dios, el Señor te ha colmado de toda
bendición y te ha hecho santo e inmaculado a su imagen. Llamándote al
seguimiento de Cristo y enriqueciéndote con los dones de su Espíritu, ha
manifestado que para él no hay preferencia de personas, y que en su benevolencia
llama a todos a la amistad y a la comunión de vida con él, al servicio de los
hermanos y a la edificación de su Santa Iglesia.
Tú que has respondido prontamente a la llamada de Dios y
siempre has buscado su rostro, obtennos del Padre de la luz tener sed ardiente
de su palabra y buscar, más allá de cualquier cosa, con pobreza de espíritu, la
comunión con él.
Tú que en el amor a la soledad y a la oración no te has
olvidado de tus hermanos, pide por nosotros al dador de todo don perfecto un
corazón puro, afable, humilde, pacífico, amor generoso y desinteresado por los
hermanos y delicada atención a sus necesidades, simplicidad y austeridad de
vida.
Protege con tu intercesión, de manera particular, a los
emigrantes, los desterrados, los que son despreciados y privados de su libertad
por causa de la raza, la religión o la cultura.
Encuentren en nosotros respeto, ayuda y amistad. Sea
reconocida en ellos la dignidad que deriva del ser hijos de Dios, a su imagen y
semejanza, salvados por Cristo Jesús, que a todos dona el Espíritu el cual nos
permite dirigirnos a él llamándolo Padre. Amén.
ORACIÓN
Oh Benito, flor de Etiopía, lirio transplantado en la tierra
de Sicilia, Tú que amaste a Cristo crucificado y a su Madre Santísima, de la
cual recibiste entre tus brazos al divino infante y obtuviste numerosos
milagros. Tú que, seguidor de Francisco de Asís, has ofrecido a los jóvenes
luminoso ejemplo. Tú que sabías interpretar la Sagrada Escritura, escrutar los
corazones de los hombres, prevenir los santos deseos, escucha nuestra oración
que, después de cuatrocientos años de tu partida, te dirigen tus fieles: al
mundo todavía esclavo del pecado, a los hombres divididos por el color de la
piel, a las naciones sin paz obtén de Jesús, de la Virgen, de Francisco perdón,
bondad y paz, a fin de que los hombres se amen como hermanos, como hijos de Dios
no se odien, como seguidores de Francisco de Asís canten el himno del amor
universal.
A los enfermos da salud, a los afligidos consuelo, a los
pobres sostén, a tu Orden Seráfica numerosas vocaciones, a tu patria, Etiopía, y
a toda la tierra de África: orden, fin del racismo, tranquilidad y bienestar.
A la Iglesia Universal el triunfo de la verdad del Evangelio.
Así sea.
Tìtulo original: Breve vita di S. Benedetto da S. Fratello
detto il Moro,
Editorial Kergràfica – Lo Giudice – Palermo - 1989
Tradujo: Fr. Manuel Rosas Castillo.
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